10 de febrero de 2026 | San Juan de Urabá, Antioquia | Diego García
A la una de la tarde, el agua superó la marca que durante años había indicado hasta dónde llegaban las lluvias en el sector de Pueblo Chino, en San Juan de Urabá. Los vecinos conocían esa referencia: cuando el río alcanzaba ese nivel, comenzaba a descender. En esta ocasión el cauce continuó avanzando hasta desbordarse e ingresar con fuerza en las viviendas del sector, entre ellas la de Gloria de la Rosa y Nelson Ubarnes.
Nelson fue el primero en advertir que la creciente no era habitual. Subió los animales al segundo piso y luego, junto con Gloria, trasladó lo que pudo del taller de mecánica de motocicletas que funciona en el primer nivel, el negocio con el que sostienen a sus hijos. Repuestos y herramientas fueron llevados al espacio elevado que habían construido durante casi dos años. Minutos después, el agua ingresó y varias motocicletas quedaron cubiertas por completo.
La calle frente a la vivienda en el sector de Pueblo Chino comienza a inundarse tras el desbordamiento del río en San Juan de Urabá.
Mientras la lluvia persistía y el nivel del río aumentaba, los vecinos comenzaron a llegar. Primero uno, luego otro, preguntando si podían subir sus pertenencias al segundo piso. Lavadoras, televisores, colchones y enseres domésticos empezaron a ocupar el espacio elevado. Gloria abrió la puerta y, junto a Nelson, ayudó a cargar objetos aun cuando su propio negocio estaba siendo afectado por la inundación.
El taller de mecánica, principal sustento de la familia, quedó cubierto de lodo tras la creciente.
Cuando ya no fue posible seguir trasladando pertenencias y el agua continuaba creciendo, la familia aseguró la casa como pudo y salió con sus hijos en brazos, sin certeza de cuándo regresarían ni de qué encontrarían al volver. Las calles del sector por donde antes caminaban se transformaron en canales por donde se desplazaban embarcaciones improvisadas para evacuar personas y rescatar lo que aún flotaba.
Días después, cuando el nivel comenzó a descender, Gloria y Nelson regresaron a una vivienda marcada por la línea visible de la inundación. El primer piso estaba cubierto de lodo y el taller de motos, su principal fuente de ingresos, requerirá meses de recuperación. Aun así, cuando hablan de lo ocurrido, no comienzan por las pérdidas. Recuerdan que lograron salir juntos, que sus hijos están bien y que durante las horas más críticas su casa sirvió como apoyo para otras familias del sector.
Gloria de la Rosa y Nelson Ubarnes revisan el gallinero afectado por la inundación en su vivienda.
Escenas similares se registraron en distintos puntos de Urabá durante la actual temporada de lluvias, que ha provocado desbordamientos de ríos, daños en viviendas y afectaciones en vías. En medio de la emergencia, la Iglesia Adventista en la región activó mecanismos de acompañamiento comunitario. La Asociación Centro Occidental coordinó el envío de alimentos, ropa y ayuda humanitaria a través de ADRA, la agencia humanitaria de la Iglesia Adventista que brinda asistencia en situaciones de emergencia y desarrollo comunitario.
Para esta familia, el segundo piso de su casa hoy tiene un nuevo significado: fue una provisión que Dios permitió construir mucho antes de comprender por qué sería necesaria, un espacio preparado no solo para protegerlos a ellos, sino para convertirse en bendición para otros. En medio del dolor y la pérdida, su testimonio refleja una verdad que se repite en muchas comunidades de Urabá: cuando el pueblo de Dios confía, abre sus manos y comparte lo que tiene, incluso la adversidad se transforma en un mensaje vivo del amor de Cristo.


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El presidente Libardo Vaca dirige una dedicación especial mientras los participantes sostienen sus luces encendidas.











ones, y los recursos deben distribuirse equitativamente, fue una bendición poder aportar significativamente para que Renuévame hiciera realidad su sueño de un templo propio. Agradeció a la Asociación Centro Occidental y a los miembros por su compromiso conjunto con la misión.



